lunes, 14 de febrero de 2011

Hora 25


La retorcida mueca de tus ojos vacíos me recuerda lo efímero de nuestras vidas

Los nichos olvidados de los cementerios siempre me parecieron románticos, aquellos que enamoraban con el olvido que el tiempo se encargó de fundirlos; polvorientas hojas de papel amarillas, quebradizas como hojas secas, panegíricos que contrastan con lo solemne de la muerte. En los recovecos de los cuarteles mortuorios siempre se hallan viejecillas que mascullan sortilegios, quizás la manera de charlar con la soledad perenne.

Sin embargo; siento repugnancia por aquellos nichos petulantes, que quienes quedaron en vida empeñan en ostentar sus indicadores de prosperidad y sello personal: mármol blanquecino con incrustaciones de aluminio abrillantado color plata, una mampostería de miniatura que define algunos de los rasgos del tamaño de las pretensiones de los dolientes que se reflejan en las lápidas de los nichos. La imitación de pequeñas columnas griegas dóricas junto al retrato del difunto o difunta, suele confundir, siempre acompañado de fragancias florales: rosas rojas ecuatorianas, dalias, crisantemos, alhelíes, todas ellas de origen importado.

Pero los otros, aquellos nichos desprovistos de cuidados suntuosos, apenas sombras de los cuarteles del cementerio, aquietados ecos de los pasos que resuenan en sus pisos de cemento; son los que me inspiran, encuentro en ellos una dulce evocación temporal, un dulce poema al olvido. Tumbas grises, decoradas con hilos de telarañas como velos de los deudos, una lata ensarrada que se empeña en subsistir es el baúl de lo que fueron flores hace tanto tiempo, flores mustias, “no me olvides”, gladiolos, azucenas, tallos y hojas marchitas, siniestro potpourri.

No sé si los muertos tienen memoria, pero las tardes de verano ya entrada la noche, cuando el último sereno verifica que los portones desvencijados portones metálicos han sido cerrados al público, y los otros guardianes cánidos son liberados para merodear por los recovecos de los pabellones de esta extensa necrópolis, fantasmales figuras suelen recorrer los pasillos, las piletas, los basureros, las graderías, el atrio del templo en busca de lágrimas secas, que son el único elemento que las almas reconocen atávico recuerdo terrestre.

Tanta pena, tanto olvido, no importa. La tierra y polvo cubre etéreo anhelos, alegrías y tristezas, sólo una evocación del paso por esta tierra sin nombre, por esta pedestre condición. "Espero que la marcha sea feliz y espero no volver".….. (Fridah Kahlo)

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